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Pan de la palabra
Raíces: Sierra de Fuentes (III)

Ermita Santo Cristo del RiscoPrometía el viajero, en la entrega anterior, ocuparse más detenidamente de la relación que tuvo el, bastante desconocido, sacerdote cacereño  P. Rosalío Berrocal  con esta ermita de el Santo Cristo del Risco, en los años lejanos del siglo XVIII.

Sentado plácidamente frente a la entrada de la ermita, el viajero visualiza los lugares que sirvieron de estancia santificadora y pacificadora al P. Rosalío, desde el 19 de Octubre de 1.755, día en que inicia su experiencia, hasta su marcha unos tres años después. Naturalmente, por esas fechas, la ermita y sus aledaños no estaban tan urbanizadas como lo están hoy. De hecho ,quienes nos transmiten esta historia, nos hablan de un lugar abrupto y quebrado, con espesa vegetación de alcornoques, jaras y castaños.(“Espejo alcantarino” .D. Teodoro Fernández Sánchez). El P. Rosalío eligió este lugar buscando la soledad y el aislamiento que le permitieran encontrarse, sin ruidos exteriores, con el Dios que le habitaba y quemaba el corazón. Arregladas las cosas de su hospital en Cáceres, inicia un viaje interior, como habían hecho y seguían haciendo muchos hombres  y mujeres desde que, en los inicios del siglo IV después de Cristo, comienza la llamada Vida eremítica  en los desiertos de Egipto.

Acomodado y sin prisas, el viajero evoca lo que recuerda de aquellos ermitaños y anacoretas, hombres y mujeres que, en dicho siglo, abandonan las ciudades del imperio para habitar en la soledad del desierto, haciendo realidad el deseo de vivir radicalmente el Evangelio; vivencia que , terminadas las persecuciones de la Iglesia, y estando ésta en paz, les era más difícil vivir en los núcleos poblados. Los Abba= Padres  y las Amma= Madres buscan la paz interior del corazón y la mente para hacer posible la unión mística  con Dios, a quien han puesto en el primer lugar de sus valores y preocupaciones.

Nuestro buen P. Rosalío comienza su aventura espiritual, que convertirá El Risco  en un auténtico remanso de vida espiritual para él y las muchas personas que a él acudirán.

Para guarecerse del frío y la lluvia construirá, junto a la ermita, una estrecha cueva, a la que tenía que entrar de rodillas y en la que siempre estaba en posición violenta. Así lo cuentan sus primeros biógrafos. Hoy no lo entendemos. Él sí lo entendió. No había ido de finde, ni sólo a contemplar paisajes hermosos desde la altura. Buscaba encontrarse con Dios y, en su concepción de las cosas, ponía los medios, sencillamente. Un hermano, que llevó como compañero, le servía sus sopas de ajo diarias  y poco más para andar por aquellos andurriales con los pies descalzos y el corazón enamorado.- A diario celebraba la Eucaristía en la ermita, bajo la mirada atenta, pacificadora y motivadora de El Señor del Risco.

Oración intensa y atención a las muchas personas que empezaron a visitarle enseguida. Es infalible: quien deja tocar su corazón por Dios, toca, sin pretenderlo, el corazón de los hijos de Dios, quizá porque la primera palabra que oye quien escucha a Dios es la palabra dicha a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel?. Se corrió la voz y acudían pastores del entorno, vecinos del pueblo y de pueblos cercanos. La buena gente subía  para charlar con él, pedirle consejo o vaciar su conciencia en una sanadora confesión. La buena gente no sabía cómo agradecer el bien recibido y le dejaba sus limosnas, que él repartía entre los pobres de Sierra de Fuentes. A causa de aquellas tremendas `penitencias y crueles maceraciones se puso en trance de muerte ( No se puede subsistir sólo a base de sopas de ajo). Dice D. Teodoro Fernández, en su obra citada que: aceptó trasladarse a la aldea de Sierra de Fuentes, donde el frío  era un poco más suave que en la cumbre donde se alza la ermita del Cristo.

Calculan sus biógrafos que la estancia en la ermita debió durar dos o tres años. El entonces Obispo de la Diócesis  de Coria, D. Juan José García Álvaro, atento a la aventura espiritual de su sacerdote diocesano, no puede quedarse al margen y, cuando recibe noticias de las enfermedades que padece, ordena y le exige que vuelva a su antiguo hospital para curarse y no tentar a Dios con tan crueles excesos penitenciales. (D. Teodoro en su obra citada)

Por la obediencia prestada en su ordenación sacerdotal al Obispo y sus sucesores y porque  ve, en la decisión episcopal, la voluntad de Dios, vuelve a Cáceres, a su tarea con enfermos y sanos, y a su confesonario, siempre visitado. Muy dolorosa y llena de emoción fue la despedida de los habitantes del pueblo, quienes tomaron los caminos intentando impedir su marcha.

Pocos años después, el 30 de Diciembre de 1.762, moría este santo varón, víctima de la peste que habían traído soldados franceses a la ciudad de Cáceres.

De estas raíces venimos, aunque hoy se busca y se vive esta experiencia de desierto sin huir del mundo. Se quiere vivir en medio del mundo sin ser del mundo. Es decir aislarse  del estilo de vida que la sociedad ofrece, pero en una soledad y oración que impulsan y motivan el trabajo con las personas. Siempre la búsqueda de Dios como horizonte irrenunciable. Siempre el anuncio del Reino como tarea irrevocable.

Continuará.   Paco Neila.

 

Escrita el día: 16-12-2020 por Medios de comunicación

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